Desde el 7 de septiembre, día en que enviamos esta carta al Papa sobre los abusos espirituales, muchas personas se han puesto en contacto con nosotros para pedir que los asociemos a nuestra iniciativa. Por ello, publicamos la carta al Papa, junto con las comunidades y movimientos de los que proceden los firmantes.Tanto si estáis directamente afectados como personas víctimas, como si deseáis ofrecer vuestro apoyo, podéis escribirnos para asociaros a nuestra iniciativa o para obtener más información. Cada firma contribuye a hacer oír la voz de las personas afectadas.
Bénédicte Nolet, Fabio Barbero, Gabriel Laguarigue
Para escribirnos Correo de contacto lettreaupape2026@gmail.com
Actualizaremos periódicamente esta página para informaros tanto del número de firmantes como de las comunidades afectadas. Así mismo, enviaremos periódicamente al Papa y a los responsables de la Iglesia estos datos actualizados.
París, 7 de septiembre de 2026
Santísimo Padre,
En respuesta al llamamiento lanzado por su carta encíclica Magnifica humanitas, para sanear las relaciones y las estructuras eclesiales que desfiguran a la Iglesia, nos permitimos dirigirnos a usted con el más profundo respeto.
Hemos sido particularmente sensibles al hecho de que, en la enumeración de las diferentes formas de abuso que pueden afectar a la Iglesia, la encíclica menciona en primer lugar los abusos espirituales. Hemos experimentado personalmente sus efectos devastadores, bien como antiguos miembros de comunidades católicas de diversas corrientes, bien como padres o familiares de personas que se han enfrentado a ellos.
Los abusos espirituales que conocemos se basan en mecanismos hoy bien identificados: captación de la relación con Dios por parte de una autoridad humana, confusión entre la fidelidad a Cristo y la sumisión a una persona o a una institución, culpabilización del discernimiento personal y de cualquier distancia crítica, instrumentalización de la noción de obediencia, mandato a renunciar a pensar y discernir por sí mismo, y presión sobre las conciencias. Concretamente, se manifiestan cuando la duda se asimila a una falta espiritual, cuando el sufrimiento se interpreta como el signo de una falta de fe o de generosidad, o bien cuando la libertad interior se vuelve sospechosa. También aparecen cuando las vocaciones son orientadas bajo el efecto de presiones afectivas o «místicas», y cuando el culto al secreto, la idealización —e incluso la sacralización— de los responsables, o el miedo a «hacer daño a la Iglesia» hacen imposible cualquier palabra libre.
De todas estas desviaciones somos testigos, directamente afectados por sus consecuencias deleterias, que a veces llegan a la aniquilación de las personas heridas en lo más profundo de su ser, en el lugar de su conciencia, de su intimidad, de su búsqueda de Dios, de sentido y de verdad. Muchos de entre nosotros testifican de traumas duraderos: pérdida de la fe, abandono de la Iglesia, sentimiento de haber sido manipulados en nombre de Dios, colapso psicológico, aislamiento, confusión interior, imposibilidad de volver a confiar, culpabilidad… Sin embargo, estos sufrimientos siguen siendo con demasiada frecuencia minimizados o relativizados, porque el abuso espiritual no siempre deja huellas visibles y se ejerce en un lenguaje religioso valorado.
En octubre de 2013, los obispos de Francia acogieron favorablemente el «Llamamiento de Lourdes», firmado por una cuarentena de víctimas, que les alertaba sobre las derivas sectarias presentes en ciertas comunidades y movimientos eclesiales. A raíz de esta alerta, se pusieron en marcha diversas medidas: se ordenaron visitas apostólicas e investigaciones canónicas, algunas comunidades fueron puestas bajo tutela, otras fueron invitadas a emprender profundas reformas, mientras que algunas fueron finalmente disueltas. Varios responsables religiosos y religiosas se han dedicado, con valentía y perseverancia, a aplicar las decisiones tomadas.
Sin embargo, a pesar de estos cambios, algunas comunidades, a veces incluso después de su disolución, continúan sus actividades por medios indirectos o desviados. Otras se resisten a cualquier cuestionamiento y prohíben el acceso a sus reglas de vida, las cuales contienen disposiciones expresamente contrarias al derecho canónico. Otras comunidades, además, difunden ampliamente una imagen pública de fervor ejemplar, atractiva y sosegada. Al encontrarlas a menudo con ocasión de grandes encuentros religiosos o festivos, estas inspiran confianza de forma espontánea. Jóvenes, familias y personas que demuestran una verdadera generosidad siguen comprometiéndose en ellas, sin ser advertidos de las posibles derivas que aún existen, sin poder percibirlas.
Por último, la denuncia de los abusos espirituales tiende todavía a ser relegada a un segundo plano, por detrás de la de los abusos sexuales. Ahora bien, sabemos que los abusos espirituales son a menudo la matriz de las otras formas de abuso y preparan el terreno para las violencias sexuales.
Por ello, nos parece necesaria una palabra magisterial fuerte que:
Como ocurre en el caso de las violencias sexuales, al no ser escuchadas, numerosas personas víctimas de abusos espirituales se dirigen hoy en día a la justicia civil, no en contra de la Iglesia, sino en contra de aquellos y aquellas que las han engañado, a veces heridas duraderamente y a menudo espoliadas. Nos parece esencial que la confianza en la Iglesia, en su misión de acompañamiento espiritual, pueda ser restaurada y protegida ante estas personas.
Nos dirigimos a usted, Santo Padre, con confianza y esperanza, convencidos de que una palabra magisterial fuerte, en la continuidad del llamamiento lanzado por Magnifica humanitas, podría contribuir a que se reconozca plenamente la gravedad de los abusos espirituales, a proteger mejor a los fieles y a restaurar la confianza de aquellos y aquellas que han sido profundamente heridos.
Le entregamos esta carta, Santo Padre, con afecto y gratitud, en nombre de todas las personas cuyos nombres figuran a continuación y que se asocian a nuestra iniciativa. Le aseguramos nuestra oración filial.
Bénédicte Nolet de Brauwere, ancienne sœur de la Communauté de l’Agneau, consacrée dans l’Ordo Virginum à Bruxelles, théologienne
Fabio Barbero, ancien frère de la Famille monastique de Bethléem, de l’Assomption de la Vierge et de Saint Bruno, enseignant d’italien en région parisienne
Gabriel Laguarigue de Survilliers, ancien frère de la Congrégation Saint-Jean, prêtre du diocèse de Nanterre
Carta firmada por